Honoris Causa a Laura Devetach
“El objetivo de la escuela es sensibilizar a los lectores”
La frase pertenece a María Laura Devetach, quien recibió el título de Doctora Honoris Causa. La UNC le otorgó el máximo grado académico a la escritora, en reconocimiento a su postura ética en relación con la infancia y el valor de su obra literaria, especialmente destinada a los niños. En diálogo con Alfilo, Devetach recordó su paso por la FFyH, como alumna y docente de la Escuela de Letras y el Departamento de Teatro, y dijo que esta distinción implicaba “hacer entrar la literatura para chicos por la puerta grande”.
El pasado 19 de noviembre, cuando entró María Laura Devetach al salón de grados de la UNC, aparecieron esos “cositos en el aire”. Se sentó junto a la Rectora Carolina Scotto, quien presidió la ceremonia; la decana de la Facultad de Filosofía y Humanidades, Liliana Aguiar, y Suny Gómez, coordinadora del Programa de Promoción y Animación a la Lectura (PROPALE) de la FFyH y una de las responsables de que ese día se le entregara el título de Doctora Honoris Causa a Devetach.
De lejos se podían ver esos “cositos en el aire”, que dan vueltas y se posan sobre los hombros de los compañeros y amigos de Laura, que la acompañaron en los ‘60 cuando empezaba a escribir cuentos para niños y adolescentes. También estuvieron presentes la vicedirectora de la Escuela de Letras, Julieta Consigli y el presidente de la Academia Nacional de Ciencias, Eduardo Staricco, entre otras personalidades.
El narrador Rubén López fue el encargado de romper el frío protocolo que suelen tener estos actos, cuando interpretó el cuento “Cositos”, de Devetach. “Los cositos son como cosas chiquitas que andan por ahí –les diría el Guille–, pero también andan un poco por acá”, relataba López, mientras miraba de manera cómplice a Laura.
Después fue el turno de Suny Gómez, quien se ocupó de presentar algunos aspectos de la vasta trayectoria de Devetach y su aporte a la literatura infantil y adolescente. "Recibe este merecimiento por su trayectoria que fue enhebrando cientos de agujas, poniéndose decenas de dedales para no pincharse o pinchándose lo mismo; usando hasta el menor retazo de memoria ante cada cuento o poema", señaló.
En la búsqueda del lector
Antes de la ceremonia, Alfilo conversó con la escritora sobre sus comienzos en la UNC, el aporte a la docencia universitaria y la extensión, actividades que sin dudas cimentaron su profusa actividad literaria.
- ¿Cómo se inicia tu vínculo con la Universidad?
- Como buena hija del interior -soy del norte de Santa Fe- allá los jóvenes teníamos la opción, cuando terminábamos el secundario, de irnos a Santa Fe, a Rosario o a Córdoba. Yo elegí venir acá para estudiar Letras. No tenía mucha idea de cómo era la carrera, pero como a mí me interesaba escribir, pensé que eso era lo conveniente. Pero justo me tocó el ’55. Alcancé a rendir algunas materias y después se cerró la Facultad, por la ‘famosa’ Revolución Libertadora. Me volví y estuve trabajando en el interior como maestra rural. Digamos que ‘acopié capital’ para poder volver. En 1957, cuando la Facultad se abrió de nuevo, regresé. Seguí la carrera y me recibí en el ’60.
- También fuiste docente en la Facultad de Filosofía y Humanidades…
- Primero fui ayudante alumna en la Escuela de Letras, con el cargo que existía en aquel momento. Estuve en Introducción a la Literatura y también fui jefa de trabajos prácticos de Literatura Italiana. Después dejé la universidad por otros tipos de trabajos, como la televisión…En algún momento, como suele sucedernos a los argentinos, tuve que poner un kiosco y dejar de trabajar en la docencia. Era la época de Onganía.
En los años sesenta en Córdoba, la dramaturgia de Devetach fue llevada a escena por actores y artistas que supieron valorar en ella a una de las impulsoras de un teatro infantil innovador. De igual manera, sus guiones televisivos y radiales fueron compartidos por los cordobeses desde los medios universitarios. Como bien señala Suny Gómez, “sus guiones televisivos y radiales, las letras de sus canciones, avizoraron con justicia la idea de una infancia crítica, poseedora de un humor capaz de demostrar aquellas verdades simples pero que cuesta decirlas, señalando con ello una heurística sobre las cosas, un descubrimiento de los sentidos sociales que a las niñas y niños les cabe como ciudadanos”.
- ¿Además trabajaste en el Departamento de Teatro?
- Después volví al Departamento de Teatro de la Escuela de Artes. Ahí tomé parte de una experiencia que me dio muchísimo crecimiento profesional. Éramos un equipo grande en el que estaba Nora Zaga, Mabel Piccini, entre otros, y se hizo una especie de taller-total donde el alumnado pasaba no solamente por la experiencia del estudio académico de los textos de teatro, si no por la actuación, la iluminación, la puesta, la escenografía. Es decir, todos tenían que pasar por todo. El sentido del trabajo era terminar con una producción para presentar. Justo fue en un momento difícil. Ya en el ’75 hubo bastantes problemas, antes del golpe. Después, cierran la Escuela. Fue una experiencia muy interesante y realmente enriquecedora. Mi rol era el de investigar los mecanismos de la autoría dentro de la creación grupal. El eje, en esa primera etapa, había sido el teatro popular. Entonces, investigamos mucho a través de Brecht y la comedia del arte.
La actividad extensionista también convocó a Laura en su paso por la universidad. Entre los años 1969 y 1971, participó con planteos renovadores en los Seminarios Taller de Literatura Infanto-Juvenil, organizados por la Secretaría de Extensión Universitaria. “Hablamos de una protagonista de los sesenta y comienzos de los setenta en Córdoba, que –me contaron– vivía de pie, en constante movimiento desde la Universidad hacia las comunidades para volver permeables las fronteras, para que pasen de un lado a otro los saberes y para que sepamos, mutuamente, de nosotros”, apunta Suny Gómez. Por su parte, Laura recuerda que ella era la encargada de “hacer la capacitación y los trabajos de reflexión con gente que después iba a los barrios de Córdoba a llevar cine, plástica, títeres, narraciones de cuentos, lecturas”. El equipo en aquel momento estaba conformado por Lucía Robledo, Graciela Mengarelli, Jorge Luján, entre muchos otros.
En 1975 fue cesanteada, junto a otros colegas de la Universidad, en su cargo en el Departamento de Teatro de esta Facultad donde se desempeñaba como profesora titular del Seminario de Técnicas Interpretativas y en la Escuela Superior de Magisterio (Hoy “Carlos Leguizamón”).
- A lo largo de tu trayectoria, la escritura y la docencia aparecen como dos actividades que se van entrelazando y se superponen constantemente
- Mi docencia fue bastante variada. Siempre cambiaba el currículum, porque ejercí en todos los niveles, menos en jardín de infantes. Mi búsqueda, pensándolo a la distancia, siempre fue la búsqueda del lector. Cuando daba literatura, o castellano, siempre era eso: tratar de optimizar las posibilidades que se estaban educando para que pudieran recibir la palabra escrita y expresarse de la mejor manera. Yo hacía una docencia muy distinta. Es decir, metía autores como podía. Por eso digo que trabajaban con currículum oculto para trabajar la literatura en la escuela. Cuando estuve en el secundario, los alumnos leyeron a Sartre y a otros autores. Iba siguiendo al grupo según sus posibilidades. Siempre me pareció terrible la escuela leyendo manuales, todos adocenados, todos iguales, las mismas antologías. A veces, metodológicamente, eso sirve; pero no es la base para formar a un artista. Si bien creo que el objetivo de la escuela no es formar artistas, sí creo que debe sensibilizar a los lectores, y eso es importante.
Nuevamente, las palabras de Suny Gómez resuenan cuando al referirse a la obra de Laura recupera “un concepto fundamental que describe el vínculo entre el lector y su lectura –un nudo fuerte al final de la hebra para que no se descosa, como los vínculos genuinos que no pueden dejar de sentirse- y que es: ‘el camino lector’. Trayecto siempre propio y siempre compartido, hecho de llamadas de un texto a otro, de trozos de experiencia que se unen entre sí hasta atravesar el pueblo entero de lado a lado en una tela muy larga como Laura cuenta en La loma del hombre flaco, una de sus obras”.
La entrevista vuelve al presente con la pregunta “¿Qué implica recibir el Honoris Causa de la UNC?”. Y Laura responde: “Primero, una gran sorpresa. Y, en segundo lugar, es un acto solidario. Es una cosa que empieza de abajo para arriba, que no lo merezco yo sola y lo comparto con todas las instituciones, personas e instancias que se han movido para lograrlo. Es empezar a hacer entrar la literatura para chicos por la puerta grande”.
El otro lado de la aguja
Durante la ceremonia de entrega del Honoris Causa, la escritora pronunció la conferencia titulada El ojo de la aguja. “Nunca me hubiera imaginado que me tocaría transitar este momento. Ni hubiera pensado que la Universidad Nacional de Córdoba honrara a alguien que, como yo, se dedicó a la literatura para niños y a la formación de lectores”, dijo Devetach, apenas comenzó a hablar.
A lo largo de su discurso, la escritora recordó a sus profesores, compañeros, su familia y las situaciones más dolorosas que tuvo que pasar, como cuando la dictadura de 1976 prohibió La torre de cubos, su primer libro para niños, por “exceso de imaginación”.
Por último, pidió, como en los cuentos, tres deseos: “Primero: que haya un lugar curricular en la Universidad para los que escriben, estudian y difunden literatura para los niños. Segundo: que la Universidad forme lectores que disfruten y se apasionen aún leyendo lo que no les gusta, que se piense sobre los libros sin perder la capacidad de sorprenderse y disfrutarlos. Tercero: que la Universidad cree avales y legitimaciones para los libros infantiles, diferentes de los que crea el mercado e intervenga en las políticas de encuentro entre los niños y la literatura”.
Dijo que esto es para “no perder de vista que la gran mayoría de nuestros chicos ni siquiera tienen acceso a la literatura que se escribe para ellos” y que “sería un alivio poder mirar frecuentemente, cada cual desde su tarea, hacia el otro lado del ojo de la aguja”.
Cuando terminó sus palabras, la sala estalló en aplausos y esos “cositos que estaban en el aire” se desparramaron por todos lados.
Descargar conferencia de María Laura Devetach
Trayectoria
Su primer libro, La torre de cubos, fue editado por primera vez en Córdoba en 1966. A diferencia del didactismo imperante en la literatura para los niños y niñas de esa época, esta obra los incluyó como protagonistas y transformadores de los aspectos cotidianos de la vida. Por ello, trascendió el tiempo y las fronteras para convertirse en uno de más leídos de la literatura infantil de habla hispana.
En los años sesenta en Córdoba, participó en actividades vinculadas con el teatro infantil y la realización de guiones televisivos y radiales. Participó también de los Seminarios de Literatura Infantil y Juvenil motivados por Malicha Cresta de Leguizamón, pioneros en la inclusión de esta disciplina en la Universidad y en los Seminarios Taller de Literatura Infanto-Juvenil, organizados por la Secretaría de Extensión Universitaria.
En 1975 fue cesanteada de la Universidad. Ese mismo año, Monigote en la arena obtuvo el premio Casa de las Américas en La Habana, hecho que vino a sellar un recorrido en la producción de libros que, además de su belleza literaria, fueron siempre editados de manera novedosa.
Al año siguiente, forzada por las circunstancias políticas, se trasladó junto a su familia a Buenos Aires, ciudad en la que sobrevivió con la docencia y algunas publicaciones esporádicas.
Durante la última dictadura militar, recayó sobre su obra el peso de la censura que la convirtió en un caso paradigmático en la literatura argentina injustamente silenciada. A pesar de seguir circulando de mano en mano el ya citado La Torre de Cubos, fue expresamente retirado de las escuelas por el Ministerio de Educación de Santa Fe, medida que luego se hizo extensiva al resto del país.
Con el regreso de la democracia, contribuyó a dar impulso a la literatura infantil y juvenil a través de la creación y dirección de colecciones de libros que propusieron un nuevo concepto en la edición que también fuera económicamente asequible. Gracias a eso, tanto los niños y las niñas como las escuelas volvieron a formar sus propias bibliotecas. Desde ese lugar, de la mano de otros profesionales, acompañó a las nuevas generaciones de escritores e ilustradores que habían crecido disfrutando de sus obras.
El Plan Nacional de Lectura de la Dirección Nacional del Libro de la Secretaría de Cultura de la Nación, en su primera implementación entre 1985 a 1989, la tuvo como una de sus protagonistas más activas.
Hoy su obra es motivo de investigaciones y estudios críticos al tiempo que ella misma reflexiona y participa de los debates públicos en torno a la lectura y la escritura. Sus últimos libros Las hormigas cantoras y Avión que va, avión que viene, realizados junto a los ilustradores Juan Lima e Istvanch, vuelve a situar a la poesía como género privilegiado de experimentación estética. Continúa publicando en diversas editoriales, sobre todo en aquellas creadas por editores jóvenes, y recibe premios y distinciones que la hacen aún más reconocida internacionalmente. Con su labor ratifica la función social del escritor dialogante con la realidad de su tiempo, desde la defensa de los derechos de autor, tema pendiente para una literatura singular que innova día a día.
Nº26 - Diciembre 2008
▪ Editorial, por Liliana Aguiar y Carlos Longhini
Un ejercicio de memoria
▪ Relación con la comunidad
Identidades étnicas: un pueblo cordobés reivindica sus raíces prehispánicas
▪ Investigación
La educación, la cultura escrita, el trabajo y los jóvenes
▪ Entrevista a Eduardo Corbo Zabatel
Padres + Maestros: con la mirada puesta en los hijos y los alumnos
▪ Opinión
La importancia de recuperar las trayectorias
▪ Historias y personajes
Malicha entre nosotros
▪ Galería de imágenes
Colgate remera

