Historias y personajes

Con ustedes, Roberto Paoletti

Desde hace 26 años este empleado no docente trabaja en la Facultad sin pasar desapercibido. Su presencia, apreciada por todos, ya forma parte de la memoria institucional. Secretario del Consejo Directivo, locutor en los actos de colación, encargado de la Fundación y atento colaborador en los comicios electorales son algunas de las tareas que desempeña en la actualidad. Como señala su compañera Silvia Scarafía, “Roberto sabe y nos enseña”.


Roberto en su oficina del segundo piso del Pabellón Residencial

 “Conoce como nadie esta Facultad”, dijo un integrante del grupo. “Él es una institución”, agregó otro. “Es alguien tan querido que a todos les va a gustar leer lo que dice”, argumentó alguien más. El Consejo de Redacción ya había decidido que Roberto Paoletti sería el protagonista de esta edición de Alfilo y, sin embargo, el entusiasmo por argumentar en favor de la nota seguía firme. Definitivamente, fue la más pedida de las publicadas hasta hoy.

Es que Roberto trabaja como no docente en la FFyH desde hace más de 25 años. Y a lo largo de ese cuarto de siglo protagonizó o fue testigo de numerosas situaciones y cambios, colaboró e interactuó con muchísimas personas y dejó su impronta en las distintas gestiones que pasaron por la institución. Roberto conoce la Facultad como pocos y aquí casi no hay quien no lo conozca a él.

Nacido en la ciudad de Vera, al norte de la provincia de Santa Fe, llegó a Córdoba siendo un adolescente. Terminó el secundario en esta ciudad y, antes de ser no docente en la Universidad, trabajó en un night club. En 1980, cuando un amigo le recomendó que se buscara un trabajo mas “tranquilo” en la Universidad, ingresó a la Escuela de Archivología (en ese momento Escuela de Archiveros) para colaborar con el Programa del Centro Interamericano de Desarrollo de Archivos, auspiciado por la Organización de Estados Americanos (OEA). Trabajó en esa área hasta 1982, cuando le agregaron las tareas de atención de alumnos de la Escuela.

A partir de 1986, durante la gestión del licenciado Gerardo Mansur, comenzó a cumplir algunas funciones en el Decanato, donde fue incorporado en forma definitiva durante el mandato de la profesora María Saleme de Burnichon. Hasta 1993 estuvo afectado directamente a esta dependencia y en la gestión de Horacio Faas empezó a asumir algunas tareas en el Consejo Directivo, donde se desempeña desde 1994.

Durante este tiempo Roberto, a su vez,  se graduó como licenciado en Historia. Comenzó la carrera en 1975 y terminó de cursar todas las materias diez años más tarde. Después de una demora con el trabajo final, obtuvo su título el 15 de marzo de 1995.

Tras un cuarto de siglo transitando estas aulas y oficinas, Roberto acumuló numerosas historias, anécdotas y recuerdos. Con voz fuerte y roncada, recordó para Alfilo algunas de ellas.

Libros prohibidos

“Cursé toda la carrera en una época difícil (durante la última dictadura militar) en la que no te daban bibliografía y tenías que buscarla por tu cuenta, porque había libros que directamente los retiraban; eran guardados. En un momento se dijo que los habían quemado, pero no fue así. Hubo un intento, pero la directora de la Biblioteca no lo permitió.

Sabíamos que los libros estaban reservados, no se prestaban a los alumnos, pero sí a los docentes. Libros como ‘El Capital’ y ‘El Manifiesto Comunista’ de Marx, las obras de Eric Fromm y toda la línea materialista, o sospechada de serlo, era sacada de circulación.

Sin embargo, creo que además de censura hubo también mucha autocensura, porque por ejemplo en la materia Filosofía Contemporánea leíamos ‘El Manifiesto Comunista’, no sé de dónde lo sacaba el profesor, pero a nosotros nos daba las fotocopias y nadie nos decía que no podíamos leerlo, aunque estuviera prohibido”.

El loco de Bela Bartok

“Esto pasó durante la gestión del licenciado Mansur: resulta que había un estudiante de música al que le decían ‘El loco de Bela Bartok’. Una vez ingresó intempestivamente al Decanato y dijo: ‘Vengo a hacer una denuncia’. De manera alterada relató que una profesora casi le había arruinado sus manos.  ‘¿Saben lo que mis manos significan? Porque yo soy concertista de piano’, explicó.

Resulta que esta docente tenía asignada un aula del Pabellón México y ‘El loco’ estaba tocando un fragmento de Bartok  cuando la profesora le fue a decir que necesitaba la sala. ‘El loco’ no le respondió. ‘Yo no le contesté, porque un artista cuando está tocando se posesiona’, indicó el alumno.  A los diez minutos la profesora volvió y le pidió nuevamente que dejara el aula. Y, otra vez, ‘El loco’ no le respondió. ‘A la tercera vez, volvió furiosa y ¿saben lo que me hizo?-preguntó-, me cerró la tapa del piano y casi me corta los dedos’.

Roberto desmiente la existencia de fantasmas

“He estado en este Pabellón hasta las tres de la mañana absolutamente solo, y nunca escuché un ruido raro. Y no tengo miedo. Hay gente que sintió hasta olor a comida, yo estuve hasta las tres de la mañana, podrían haber temblado las puertas y no pasó nada. Se ve que los fantasmas me tienen miedo”.

 

 


"Como pez en el agua"
 

Por Silvia Scarafía,
secretaria de Dirección de la Escuela de Artes

Roberto es un personaje, nadie puede dudarlo. A lo largo de los 26 años que lleva trabajando en la facultad puso sello personal y protagonismo a diversos escenarios que todos conocemos y frecuentamos.

Es el dueño de los actos de colación de grados. ¿Quién no la distingue? Su voz, grave, inconfundible, acostumbrada al tango, es propicia para la creación del clima y va marcando los momentos del ritual. Eso sí, que a nadie se le ocurra disputarle el espacio. Hasta donde sé, sólo una vez  cedió el micrófono y porque no le quedaba otra alternativa. ¿Saben por qué? Porque él figuraba en la lista de egresados y... ¡debía estar del otro lado!

Pasemos a los actos eleccionarios: no hay junta electoral de la última década que no lo haya tenido como integrante, o bien como colaborador directo, comprometido, documentado, veraz. En ese mundo de listas, candidatos, representaciones legales, mesas receptoras de votos, urnas, padrones, escrutinios y actas de proclamación, se mueve como pez en el agua, mientras los recién llegados al rol se agobian sin saber por dónde comenzar a ordenar papeles y procedimientos. Su presencia en estos procesos acompaña, garantiza, genera confianza.

En el Consejo Directivo es figura clave. Lo verán celosamente detrás de cada expediente, siguiendo con cuidado cada paso administrativo e institucional. Está cuando se reúnen las comisiones y cuando se realizan las sesiones, asiste a la Secretaría de Coordinación, busca información, elabora resoluciones, las corrige; siempre solícito, atento, responsable. Establece con los consejeros relaciones amistosas y atiende los vínculos de un modo que excede las simples obligaciones laborales. Le gusta estar informado y le importa su tarea. Se desenvuelve con respeto a la autoridad pero con una actitud saludable de orgullo y autonomía que lo convierte en un colaborador doblemente eficiente. Es una persona que se involucra, que discute, defiende puntos de vista y reconoce errores, claro, siempre que uno logre convencerlo con buenas razones...

Se ocupa de la Fundación, recepta y distribuye todos los fax que ingresan a la Facultad, durante años se encargó de los trámites de pasajes, viáticos y gastos generales de jurados de concursos y colaboró también en el área de posgrado. Es capaz de responder casi diría a cualquier consulta de quien circule por los pasillos del edificio del área central, trátese de docentes, estudiantes, egresados, abogados, familiares, periodistas o visitantes ocasionales, en fin, él sabe de todo un poco.

Roberto sabe, les aseguro que sabe, y nos enseña, del mismo modo que lo hacen otros queridos e históricos empleados de la casa. Hablo, entre otros, de Betty y Angelita, de Kuky, de Doris, de Palacios, de Carlitos y Edgardo, del entrañable Luis Bujón. Ellos aportan su experiencia, el conocimiento de las reglamentaciones, la memoria de los hechos y personajes, el manejo de la jerga, de los códigos institucionales. Nos acompañan, nos ayudan, nos dan instrucciones, nos toleran,  también se impacientan, protestan y nos  retan. En el camino, compartimos calamidades y logros, como pasa cuando estamos aprendiendo. ¿No resulta entonces paradojal la denominación de “no docentes” con la que la universidad distingue al sector? La expresión –según creo- constituye una manera  poco feliz de reconocimiento de identidades y roles al interior de la institución y tal vez merezca ser revisada. Mientras tanto, y entre nosotros, me gusta elegir palabras que nombren lo que sí son: compañeros de trabajo, buena gente.