“En la escritura no hay una sola verdad”

A comienzos de este año, María Eugenia Argañaraz, egresada de la Escuela de Letras de la FFyH, entrevistó a María Teresa Andruetto. En esta charla, la escritora cordobesa reflexiona sobre los procesos de su escritura, la temática de sus obras, sus referentes, como también las circunstancias que la inspiran a relacionarse de manera constante con la narración. Además, adelanta lo que será su nuevo trabajo.

María Teresa Andruetto transforma el tiempo en relatos extraordinarios. Quienes la leemos descubrimos un trabajo minucioso que nos lleva a indagar la palabra escrita. La realidad para ella es una parte importante de la cual la ficción se nutre para ser ficción. Andruetto apunta a lectores despiertos, voraces. Configura narradores que no trabajan inocentemente con intereses que no siempre conocemos, narradores que no cosechan la certeza, generando que los lectores tengamos la necesidad de llevar a cabo la reconstrucción en diversos planos.

En esta conversación con la autora cordobesa, nos cuenta cómo llevó a cabo el proceso escritural de sus novelas La mujer en cuestión, Lengua Madre y Los manchados. Dialoga acerca de convicciones, fidelidades, claudicaciones y de cómo la lengua adquiere una potencia ideológica importante. Como ya refirió en su discurso, al momento de recibir el premio Hans Christian Andersen en 2012, sostiene que escribe para comprender o tal vez para ser comprendida, fruto del tiempo y de la sociedad sin olvidar que en el lenguaje de todo escritor se reflejan sus convicciones, su conocimiento y hasta su confusión.

Andruetto transmite con su mirada un amor por los relatos que son parte de su vida, “me interesa la vida hasta despegarse de la pesadez y volverse metáfora”, cuenta. “Las bases son para mí el ojo y el oído, se debe oír la música del habla y las músicas de la oralidad”. Así comienza esta charla con María Teresa en un mediodía cordobés en su querida Cabana.

  • ¿Cómo consideras el espacio biográfico en tus obras a la hora de narrar?

– Mi obra en realidad parece más autobiográfica de lo que es y creo que tiene que ver con el modo de trabajo. Entra lo biográfico porque considero que es casi imposible que no entre en una ficción; pero a la vez cuando uno intenta escribir lo biográfico es difícil escapar a la ficción y ser puramente fiel a lo biográfico. Yo no considero que haya una trasposición, creo en la escritura. Y cuando digo escritura, digo que creo en el trabajo de cocción que la escritura hace con la vida. Para mí la ficción es el paso de lo crudo a lo cocido, como hizo la humanidad en la cuestión antropológica. Hay elementos que utilizo que quizás han estado en mi vida, pero no fueron puestos ahí para captar mi propia vida, sino al servicio de lo funcional.

Justamente ahora tengo entre manos un cuento y a medida que escribo veo cómo la materia se transforma[1]. La que más podría parecer autobiográfica es Lengua Madre, pero en Lengua Madre ¿qué podría decir yo que es lo autobiográfico?: la mujer de mi edad quizás, cada una de las tres mujeres de la novela tiene rasgos míos, rasgos que yo puedo percibir en mí. Busqué un dato biográfico,  mi vida en Trelew un año y medio, para ubicar allí a Julia. Pero no porque yo quisiera contar lo que a mí me pasó ahí; sino para darle más credibilidad a algo ficcional.

  • Y con respecto al exilio interno, ¿Ese año de tu vida en Trelew, tuvo que ver con el origen de Lengua Madre?

Cuando viví en Trelew me llegaban cartas de mi madre desde mi pueblo, a través de un señor que transportaba ataúdes a Trelew. Porque en Oliva había una gran fábrica de ataúdes, entonces mi madre aprovechaba para enviarme cartas y cosas.

Fueron años duros, una vida al margen, Viví en lugares desagradables, pero también hubo amigos que me ayudaron y algo de ese espíritu está en Lengua Madre. No tiene tanto que ver con hechos, sino con sentimientos, porque la emotividad si es verdadera.

  • ¿Te interesa la manera en que el escritor rearma en la ficción?

– Lo que es interesante es quizás el modo en que puede rearmar la vida de los demás o la propia vida. Cuando era chica pensaba que no podía ser escritora porque yo no tenía una vida interesante. En esa misma época, una amiga, muy íntima, vivía frente al ferrocarril, entonces nos quedábamos horas imaginando cómo sería la vida de aquellos que veíamos tras las ventanillas del tren. Lo interesante de escribir es, me parece, descubrir algo de la vida de los otros.

  • ¿Cómo es  la conformación de los personajes en tus obras, por ejemplo con Julieta de Lengua Madre?

– Imaginé a Julieta en Múnich porque de joven pasé tres meses con una beca en esa ciudad. Pero lo que ella vive no es lo que he vivido yo. En cuando a Julia, tenemos en común una cuestión generacional atravesada por el compromiso político.

Ahora también estoy escribiendo un cuento, parte de una nota sobre los Salgan (padre e hijo). Leo algo de la relación de padre e hijos y empiezo a indagar en torno a eso y se me aparecen miles de cosas que tienen que ver con los padres e hijos. Generalmente anoto todo como si fuera un lugar de almacenamiento y luego trabajo la escritura.

  • ¿O sea que este espacio biográfico tiene que ver con eso que ya planteas en La lectura otra revolución, en donde apuntas a que el narrador es una cámara, y vas  poniendo el zoom donde te parece necesario?

– Para mí el narrador lo es todo, yo puedo tener una bolsa de residuos en donde voy colocando todo lo que voy recordando sobre un asunto, pero hasta que no tenga un narrador que mire y cuente eso, siento que no he empezado a escribir. El narrador siempre va a ser un encuadre que delimita qué entra y qué no; porque para mí es tan importante  lo que entra como lo que queda afuera… y está también esa idea de que la imaginación es algo, cómo decir, un vuelo que surge de lo real, una mezcla que el trabajo de la escritura amasa hasta que logra tomar vuelo.

  • ¿Cuándo empezás a sentir que el lenguaje o tu lenguaje narrado está en tus manos?

Cuando empiezo a sentirlo en ebullición, ahí nace la escritura. El escritor es como un cocinero y la escritura es cocción de cosas muy diversas. La gracia está en que esa cocción se haga de tal manera que no se noten los ingredientes.

  • ¿El narrador es tu gran personaje?

Sí. Es el personaje o recurso a quien le delego la palabra y por donde intento entrar y mirar ciertos hechos. En el caso de Los manchados son varios los narradores; en el caso de Lengua Madre hay por lo menos dos; uno de ellos es un narrador en tercera persona que sigue a Julieta de un modo tan próximo que parece una primera persona.

  • ¿Hay varios matices de narradores entonces?

Aparecen en una multiplicidad de formas. Cuando tengo al narrador puedo encarar la escritura. Encontrar el narrador adecuado es para mí lo más importante. En Lengua Madre pensé primero en una primera persona porque yo quería contar, desde adentro, los sentimientos de Julieta; pero ya estaban las cartas en primera persona. Por eso elegí una tercera para seguir a Julieta, como si su madre la mirase desde el más allá.

En el caso de La mujer en cuestión, el informante- narrador mira como un bicho a quien es la mujer en cuestión, se supone que está desafectivizado, tambalea, el tema lo desborda y quizás, se conmueve. Pero se conmueve hasta cierto punto porque está haciendo un informe, interesa por supuesto la materia a contar, como también interesa que ese narrador cuenta para alguien, para quien le encarga el informe y por eso pretende ser objetivo. Es un narrador machista y no es necesariamente afín a las ideas de Eva. Un narrador en el que quizás es difícil confiar.

En Lengua Madre en cambio, se trata de un narrador muy amoroso, narrador que tal vez habla para la conciencia de Julieta, para ella transitando ese lugar del duelo. En Los manchados finalmente,  hay una narración coral, son varios narradores hablándole a Julieta acerca de más o menos los mismos asuntos.

  • ¿Cómo describirías el accionar de Julieta en Los manchados, teniendo en cuenta que está en la novela a partir de la interpelación de otros?

Julieta se hace presente en la interpelación del otro, en la medida en que el otro la interpela y termina siendo el soporte de todas las voces. La figura del narrador es muy compleja. Un narrador en primera persona puede no estar diciendo la verdad, porque es a la vez personaje y como personaje que es, puede mentir, puede ocultar. Todo eso genera una ambigüedad en la escritura que deviene, creo yo, en riqueza de lectura.

  • ¿Hay tensiones entonces entre Lengua Madre y Los manchados?

– Sí, pero nada es intencional, aunque en el proceso de escritura advertí que iba sucediendo así. En un principio en  Los manchados pensé que todo iba a ser contado por el personaje de Emérita, después me di cuenta que este personaje no me dejaba contar todo lo que Julieta necesitaba saber. Así surgió aquí la idea de serie, que es algo recurrente para mí, aparece en Sueño Americano, en Kodak, en Pavese (poemas), en Cacería y, desde luego en Los manchados; serie esta que no percibo en Lengua Madre ni en La mujer en cuestión; pero si observo entre estas dos novelas un juego de oposiciones; dado que Julieta mira el pasado en su línea materna y el pasado de su línea  paterna. Entre madre y padre, cartas y relatos orales, llanura y montaña, inmigración y mundo criollo e indígena. Quizás esa mezcla, entre ambos mundos, es un poco lo autobiográfico. Todo eso se corresponde con experiencias muy vividas, aquello que aparece a pesar de uno, cuando imagina un mundo.

  • ¿Podríamos aludir a que la imaginación se vuelve también un todo aquí?

– Cuando una imagina, siempre algo de lo real. Se imagina a partir de lo real. Incluso en Stefano, que muchos han leído como si se tratara de la historia de mi padre. Lo autobiográfico no son los hechos narrados, sino algo del orden de lo emotivo e ideológico que sostiene esas historias.

  • Viendo que los hechos sociales aparecen en tus novelas, ¿Cómo van entrando a la hora de la escritura?

– Ingresan mientras estoy escribiendo. En Los manchados por ejemplo, que demoré cuatro años en escribir, en medio de ese tiempo, me encontré, de modo un poco azaroso, con una religiosa que fue asistente de Angelelli. La escuché, escuché cada frase que persistieron en mi memoria y lo reciclé para uno de los monólogos de Los manchados, el de la Hermana Dora. Así creo que funciona, no se trata de un traspaso literal, más que eso, se trata de un llamado a atender el mundo real. No es un plan pre-establecido acerca de adónde llegar.

  • ¿Y tal vez surge una organización involuntaria de la narración?

– Sí, nunca hice un plan para ninguna de mis novelas, siempre el origen estuvo en algo que vi, que leí o que escuché. Pretexto sonaría como a una idea previa a la escritura y yo no considero que haya idea previa a la escritura. Las ideas surgen con la escritura misma, en el origen de algo. Hay una escena, y esa escena se convierte en una película que veo, que no puedo dejar de ver.

  • ¿Consideras que en La mujer en cuestión el narrador es el gran personaje?

Sí, contundentemente sí, el narrador tiene más peso social junto con el resto de los narradores. Vuelve a Eva, el objeto en que depositan sus odios, sus amores. Este resto de cuerpo social está manipulado, de algún modo, por este personaje que recorta, a su manera, y cita como se le da la gana…

  • ¿Por qué decidiste no ponerle un nombre a este narrador, no precisar para quién trabaja?

Para volverlo un ser más oscuro, porque no sabemos prácticamente nada de él y tampoco sabemos muy bien para quién trabaja. Aunque parezca extraño el origen temático de La mujer en cuestión no fue la Dictadura Militar. Yo empecé a escribirla pensando/imaginando otra situación; la de una mujer que ya ha muerto, acerca de la cual opinan quienes la conocieron. Esa mujer podía tener mi edad y, entonces los años de mi juventud y los de la dictadura se impusieron. Apareció la figura del narrador informante y se reconfiguró todo. La escribí de un modo vertiginoso, pero demoré mucho en publicarla porque no conseguía editarla.

  • ¿La reconstrucción de las voces en La mujer en cuestión, es tan importante como la reconstrucción de la memoria y el pasado?

En La mujer en cuestión, Eva está hecha a partir de las palabras de los otros, se va armando ante mis ojos al igual que ante los ojos del lector. Cada uno de los testigos habla del pasado, a su manera, porque no hay una sola memoria y porque toda memoria está hecha también de olvidos. El pasado no es el recuerdo, sino que es el construir. No hay una sola memoria, sino una multiplicidad. Siempre la memoria opera por selección y esa selección no es gratuita, en el sentido de que también es ideológica.

  • ¿Cómo entramas la otredad  en tus narraciones?

– En La mujer en cuestión Eva es la otredad misma. En Lengua Madre, madre, hija y abuela son cada una de ellas las otras de sí. En Los manchados los que hablan son los otros y Julieta es, de algún modo, otra, una manchada.

  • ¿Estás de acuerdo con eso que muchas veces la crítica sostiene cuando dice que de las voces de los otros, deviene la propia voz?

– Cuando uno es pequeño tiene una mirada maniqueísta. Luego nos damos cuenta de que no todos ven lo mismo. Aparece la incerteza; y entonces algo de eso deriva hacia la escritura, dado que nada es seguro. Y eso es lo interesante porque no clausura, sino que abre. En esa multiplicidad de voces podemos encontrar  una voz social. No hay una voz que cuente  la verdad absoluta, sino que hay verdades precarias, así como sucede en la vida. En torno a esto hay una frase que entró en Lengua Madre,  la escuché de boca de un amigo de mis hijas, hijo de padres desaparecidos, dijo lo siguiente: “quizás para mis padres la Revolución fue más importante que yo”. Si uno se pone en el lugar de los padres la verdad toma una forma, si se pone en el lugar de los hijos, la verdad es otra. La vida es así, compleja.

Creo también que la escritura nace de lo interno, que se alimenta de algo que lo externo, lo social, va dejando en uno. La sociedad imprime en los individuos ciertas marcas y luego, ese individuo, quien escribe en este caso, puede ingresar y extraer algo de la voz social, pasada por el crisol de lo más personal. En los mejores momentos de un escritor, quien habla por su boca es una sociedad que encuentra ahí su voz.

  • Te quiero preguntar ahora acerca del viaje: ¿qué pensas del viajar? Teniendo en cuenta  que muchos de tus personajes viajan.

Yo descubrí, un poco sorprendida la frecuencia del tema del viaje en mis relatos. El primer viaje importante que hice fue a mis cuarenta años. No viajé de joven. Descubrí que yo soy hija de un viaje, el viaje de mi padre a Argentina, un viaje que él repasaba año a año. Fue el viaje el que lo hizo conocer a mi mamá, también la idea de la vida como un viaje  que es una idea muy antigua. Para mí hay dos grandes tipos de novela: la novela de enigma y la novela de viaje.

En la novela de enigma todo gira en torno a un núcleo enigmático, La mujer en cuestión podría encontrarse dentro de este tipo de novelas. Y, en la novela de viaje; el personaje hace un traslado de algún tipo. Lengua Madre podría considerarse una novela de viaje en el sentido de que relata el viaje de Julieta hacia el re-encuentro con  su madre. En Los manchados  hay un  viaje hacia el padre, hacia la memoria paterna. Diría que todas las novelas combinan esos elementos.

  • ¿Has leído a muchas mujeres, escritoras que cuentan con la marca del exilio interno?, y ¿qué te interesa de esa escritura?

– Sí, desde luego. Escritoras donde la cuestión de la memoria y de lo doméstico es fundamental como en Tununa Mercado. Me interesan las tantas maneras de ser mujer en relación con la escritura y las tantas maneras de aparecer las mujeres como personajes en las obras, No creo que se trate de un asunto tan plano, como tampoco considero que la realización de una mujer solo pase por ciertos lugares; la verdad es que una vida puede ser muy diferente para unos, y para otros. A veces una vida que parece muy sencilla y elemental  termina realizándose de maneras muy misteriosas, eso es lo que más me atrae; las formas en que cada una es elegida por las circunstancias.

[1] María Teresa Andruetto se encuentra escribiendo un cuento llamado “El hijo” que formará parte del volumen de cuentos inéditos: No a mucha gente le gusta esta tranquilidad.


María Teresa Andruetto: Nació en Arroyo Cabral (Córdoba- Argentina) el 26 de enero de 1954. Lo familiar, los retratos identitarios, las mujeres, sus búsquedas; son algunos de sus grandes ejes. Refiriéndonos a su obra literaria para adultos escribió: Tama (2003), La mujer en cuestión (2009), Lengua Madre (2010), Cacería (2012), Los manchados (2015). Las nouvelles juveniles Stefano (2001), Veladuras (2005), La niña, el corazón y la casa (2011). Además los libros de ensayos: Hacia una literatura sin adjetivos (2008), y La lectura, otra revolución (2004). En cuanto a poemarios se encuentran, Beatriz (2005), Pavese/Kodak (2008), Sueño Americano (2008). Obtuvo numerosos reconocimientos, entre ellos el premio Hans Christian Andersen (2012). Dirige la colección “Narradoras Argentinas” para la editorial Eduvim de la Universidad de Villa María. Tiene ya varios cuentos inéditos, que aparecerán con el título de No a mucha gente le gusta esta tranquilidad.


Eugenia Argañaraz: Licenciada en Letras Modernas, egresada de la FFyH-UNC. Actualmente, es becaria de CONICET-IDH y se encuentra realizando su Doctorado en Letras en la misma institución con el trabajo “Escritura, identidad y exilio: El descentramiento del  sujeto femenino en la narrativa de Reina Roffé, María Teresa Andruetto y Tununa Mercado”. Forma parte del equipo de investigación “Escritura, género, identidad y otredad en el sistema literario argentino contemporáneo. Parte II”, radicado en el CIFFyH y dirigido por el Dr. Jorge Bracamonte y co-dirigido por la Dra. María del Carmen Marengo. Esta entrevista fue realizada en febrero de 2017, en el marco del desarrollo de su tesis doctoral. 


Entrevista: Eugenia Argañaraz

Fotografías: Irina Morán

Video: Nicolás Alegre

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