Historia de una lucha inclaudicable

Raúl con su hermana Roxana y amigos en el complejo Vaquerías de la UNC, entre 1974 y 1975.“Encontrar a nuestros hijos. Testimonio de una madre”, es un relato autobiográfico de la vida y militancia en los organismos de Derechos Humanos de Sara “Coca” Luján de Molina, madre del dirigente estudiantil Raúl Mateo Molina, secuestrado en Córdoba y asesinado en La Perla, quien aún permanece desaparecido. Es una publicación de la Facultad de Filosofía y Humanidades a través del Programa de Derechos Humanos, y cuenta con el apoyo del sindicato Unión Obrera Gráfica de Córdoba.

Uno de los efectos centrales del carácter inusitado de la represión política bajo el imperio del terror de Estado que se produjo en la última dictadura, fue la conformación del Movimiento de Derechos Humanos, protagonista indiscutido por cuatro décadas de las luchas por la memoria, la verdad y la justicia. Ese movimiento, surgido de las acciones de resistencia en las mismas fauces del poder dictatorial, se conformó como una red que aglutinaba a diferentes colectivos, que actuaron en las provincias donde con mayor ferocidad se desplegó el dispositivo represivo a través del poder desaparecedor y concentracionario.

Córdoba fue una de esas ciudades donde, pese a existir numerosas comisiones y organizaciones que hacían de la defensa de los presos políticos estudiantiles y gremiales el núcleo de su acción política, el movimiento que asomaba tuvo enormes dificultades para articular públicamente la denuncia en dictadura de las sistemáticas violaciones a los derechos humanos que en el territorio de Menéndez se ejercía. Dificultades que se ligaban a la sistemática persecución que los familiares y allegados de los represaliados por el terror de estado sufrieron, como por las complicidades y responsabilidades civiles que aquí dejaban escaso margen para articular la disidencia.

Pintura de Sara “Coca” Luján de Molina.

Pese a ello, la historia de vida de Sara Luján de Molina nos permite conocer con mayor profundidad y rescatar del olvido esas primeras y fundamentales acciones de resistencia. La historia de Sara, o simplemente Coca, como la apodan sus conocidos y familiares, es una historia y muchas historias a la vez.

Es la historia de una familia represaliada por el terrorismo de estado en los setenta en Córdoba. Coca fue secuestrada/apresada el mismo 24 de marzo en su casa, en momentos en que una patota buscaba a su hijo Raúl Mateo. Estuvo presa hasta septiembre de 1977 en diferentes centros de detención (Cárcel de Buen Pastor, Unidad Penitenciaria N°1 de Barrio San Martín y un interrogatorio en el centro clandestino La Ribera), como ocurrió con otras  víctimas que pasaron por diferentes espacios del dispositivo represivo dictatorial. Pero además, al salir de su cautiverio/encierro, se enteró de la desaparición de su hijo ocurrido casi un año antes de su liberación, acontecimiento que su familia íntima no le contó por su condición de presa política.

Sara es parte de una familia golpeada por la represión dictatorial, pero también es una trabajadora exonerada por el estado. Estuvo detenida a disposición del PEN y, mientras ello ocurría, fue despojada de su trabajo en la UNC, relevada de su cargo en la biblioteca de Medicina con la complicidad de las autoridades universitarias. Durante la dictadura cívico militar el estado se autodepuró y lo hizo tanto en áreas de gobierno centrales, como en las instituciones que lo conformaban con cierta autonomía, como la UNC. Una sola biografía, la vida de Coca, nos conecta directamente con el problema de las complicidades y responsabilidades civiles en la dictadura, pero también en la posdictadura. En efecto, luego de diciembre de 1983, la UNC atravesó un complejo proceso de “normalización” institucional que tuvo mucho de continuidades, pese al esfuerzo organizado principalmente desde los sectores estudiantiles por producir una fuerte ruptura con su pasado inmediato.

Joan Manuel Serrat visita el Taller Julio Cortázar en 1984.

Su caso, su historia, no es aislada ni excepcional, sino parte de una trama general de administración de las violencias a los represaliados y a sus familiares que es preciso enfatizar. En su relato, una vez liberada y enterada de la desaparición de Raúl, su lucha devino como tantas otras de madres, padres, hermano/as y esposo/as en la historia de esa búsqueda, que se tramitó como una solución social en la que los dramas individuales resultaron en procesos colectivos. Es por ello un aporte indiscutido a la historia de las organizaciones de derechos humanos.

El libro de Sara es todo un hallazgo por las coordenadas en las que elige inscribir su relato. Una de ellas, es el reconocimiento explícito a la militancia de su hijo desaparecido como integrante del Partido Comunista Revolucionario, a quienes agradece haber realizado un acto homenaje a Raúl, confirmando la tendencia reciente a reinstalar las militancias políticas en el centro de la recuperación de las memorias de los represaliados. La otra virtud del trabajo, es que elige narrar minuciosamente sus recuerdos sobre una etapa de la historia de los organismos de derechos humanos de Córdoba de la que todavía se ha escrito poco.

Por ello este libro es un enorme aporte en muchos sentidos. Desde los primeros agradecimientos, muestra una parte muy importante del proceso embrionario del movimiento cordobés. Nos revela los nombres de quienes tempranamente se juntaron y acompañaron en la búsqueda de sus hijos y también de quienes les brindaron su apoyo, en un contexto de muy pocas solidaridades iniciales. Su relato repone para nuestra memoria a todos y cada uno de esos primeros familiares que se organizaron en dictadura, además de mencionar a algunos abogados y abogadas comprometidas, como la Dra. María Elba Martínez.

En este relato, que va de la dictadura a los primeros años de la recuperación democrática, se recuerdan nombres y también las organizaciones que hubo en Córdoba. Y es un reconocimiento y validación concreta al tipo de trabajo desarrollado de manera conjunta por las organizaciones en Córdoba en los primeros años, independientemente de las adscripciones que cada uno tenía. Aquel trabajo colectivo entre diferentes organizaciones, es un rasgo común de las ciudades del interior del país. El libro repone los múltiples avatares que sufrieron los que se organizaban en la búsqueda de sus hijos, las estrategias de resistencia desplegadas, las solidaridades que construyeron dentro y fuera de la provincia, los contactos internacionales y el modo en que las organizaciones locales se vincularon con las nacionales. Pero además, ilumina momentos cruciales de la lucha de los organismos en Córdoba, como fue la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la OEA en septiembre de 1979, y la sucesión de amedrentamientos y amenazas que sufrieron tanto los familiares denunciantes como los propios miembros comisionados.

Frente a las versiones oficiales que los diarios cubrían de aquella visita, las palabras de Sara Luján reconstruyen las arduas condiciones que vivenciaron los enviados de la CIDH por la fuerte hostilidad de la plaza cordobesa. Su testimonio biográfico es de una contundencia conmovedora. Tanto, que el lector puede sumergirse en la última noche de la comitiva, cuando los familiares terminaron protegiendo y protegiéndose junto a los miembros de la Comisión solo porque osaron hacer preguntas en el territorio de Menéndez y de sus apoyos civiles. Ninguno de estos acontecimientos minuciosamente descriptos en su relato, fue publicado por alguno de los tres diarios locales.

El libro también avanza en los años posteriores a 1983, abordando los desafíos de las organizaciones en un contexto ya diferente, al tiempo que cuenta los avatares que Sara siguió viviendo en democracia en lo que respecta a su vida personal y laboral.

La historia de Sara Luján es la historia de la lucha inclaudicable que cada una de las biografías de los familiares encarna, y que se atesora en huellas y objetos personales. En el caso de este libro, con una muy importante colección documental que traza las coordenadas de esas búsquedas: cartas, testimoniales, croquis, fotos, discursos escritos a mano y recortes periodísticos. En fin, un acervo de materialidad que repone las claves de su historia de vida. Una historia que expresa a muchas otras, y en cuyo reconocimiento bien pueden sentirse homenajeadas todas las generaciones que han bregado por la memoria, la verdad y la justicia.

Por Carol Solis
Vicedirectora de la Escuela de Historia

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